miércoles, 2 de agosto de 2017

Bloomsbury: sueño de una mañana de verano



Querido Lucilio:

Fue una lluviosa mañana de verano, de estas en que señoras con gabardina y capucha desafían mirando al frente al tráfico, mientras pedalean a un ritmo a la vez pausado y constante. Al llegar a la altura del Almacén de Libros, la belleza del edifico me llamó para descansar un poco. Yo estaba lleno de agua, así que busqué un baño; con la sorpresa de que al abrir la puerta no sentí el desagradable olor de la moqueta mojada, sino la voz optimista de Hugo, nuestro joven profesor.

-- Entra, entra. Encontraste el ejemplar que buscabas en nuestra Biblioteca Universal?

-- Imposible, todas las biblias tienen aquí la misma signatura. Es un horror.

-- Bueno, tiene su porqué. Piensa que todas las biblias son el mismo libro. ¿Quién iba a pensar que tú querías un ejemplar único?

Hugo estaba sentado en una hamaca frente a los cristales del balcón de su despacho, rodeado de libros por el suelo:

-- Estaba tomando un poco el sol --no hizo ninguna intención de incorporarse o darme la mano.

Comprendí su buen humor.

-- Yo creo que debes buscar tu ejemplar en la Biblioteca del Imperio, o en la de la Torre de la Universidad --me aconsejó--. Ahí cada ejemplar tiene una signatura distinta.

-- Ya lo he hecho, Hugo. En las páginas de guarda no hay nada escrito. El escrito del Círculo de Bloomsbury no está allí.

-- Debes ir a Montagu House. Está en este mismo barrio. Al trasladar la biblioteca desde el Museo Imperial muchos fondos se almacenaron temporalmente allí. Algunas cosas se perdieron. Hubo una subasta en Ave-Mary-Lane, junto a San Pablo, de la que nadie sabe nada. Algunas cosas se quedaron en Montagu --se quedó callado y pensativo--. ¿Sabes dónde podrías buscar --aventuró de golpe con un punto de diversión--. Alguien que tuviera antigüamente una biblia en su casa... o en su despacho. Aquí cerca está la antigua casa de la Editorial Father and Father. El famoso Tea Please Eliot tuvo ahí un despacho con una biblia: a lo mejor está todavía allí. Sal por la otra puerta para llegar sin mojarte.

Me llevé una decepción tremenda. Estaba él mismo allí: era un sujeto pretenciosamente atildado y con una voz de pito casi provocadora. Tanto que no pude evitar reírme abiertamente. Comenzó a increparme y persiguirme con su nariz ganchuda mientras yo corría entre las estanterías del Archivo de la Editorial:


Escapé por un portillo iluminado y me paré en seco. En la sala de abajo se celebraban unos Oficios: un coro maravilloso cantaba a varias voces. Me sentía tan a gusto que me quedé quieto mientras un sacerdote con vestiduras rojas y sobre cuello blanco, un americano alto y grueso como un monolito, se allegó al ambón y abrío su biblia por el final. Era el ejemplar anotado, al final del libro estaba lo del Círculo de Bloomsbury. Luego lo fue explicando con un pensamiento tan alto como preciso, con una pronunciación que parecía explicar los conceptos por sí misma.

Una vez entendido, quise darme prisa para anotarlo todo. Me di la vuelta y entonces me sentí caer de la cama sobre la moqueta. El ruido de los estudiantes desafiando el tráfico en las bicicletas me había despertado. Estaba en Bloomsbury y me quedaba todo un día de trabajo por delante.

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