domingo, 16 de abril de 2017

Mañana de Pascua: los ciclistas

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Querido Lucilio:

Enorme fue el camino por recorrer. Las bicicletas prometían un día de diversión y juego, pero yo bien me sabía en mi interior lo que nos esperaba. Comenzamos siguiendo el sendero abierto por los elefantes de antaño, enormes bonachones que convivieron con nuestros abuelos. Pero pronto nos dimos cuenta de que una vegetación de bosque bajo y olivos secos los había expulsado y había enmarañado de varas y espinos nuestro camino. 

El cielo nublado era terrible. Nos sobrevolaban unos murciélagos negrísimos y pegajosos: nos aturdía su aleteo de paraguas laxos, el girar absurdo de los colores ocres sobre la tierra seca, mientras pedaleábamos con rabia entre terrones calizos y rígidos arbustos La velocidad de nuestro paso apartaba las ramillas, pero estas nos azotaban hasta hacernos moratones alargados. Las zarzas rompían la ropa y nos arañaban, agarraban a las bicicletas y solo con violencia las destrozábamos entre los radios y los pedales. Algunos sin embargo no podían avanzar, cogían las bicicletas y tiraban de ellas hasta arrastrarlas para encontrarse pronto atrapados de nuevo. Otros las abandonaban y siguieron el avance a pie, arañándose más y más entre los espinos.

Empezó a caerme el sudor, una lluvia de azufre que bajaba desde la frente y me impedía tener los ojos abiertos. Me di cuenta de que a los otros les pasaba igual. No podíamos reconocernos.  Al poco ya nos habíamos separado. Pensé entonces en la brújula de mi pecho y con la cabeza baja para evitar el nublado y su herrumbre, para no ver lo que pudiera esperarme en adelante, empujé y empujé tratando de no desviarme de la dirección que en mi pecho había sido grabada.

La travesía fue terrible y muchos quedaron en el camino. Pero luego el calor meridiano fue calmándose y aliviando su peso. Me sentí un poco descansado. Comenzó a llover. El bosque se hizo más frondoso. La humedad, el frescor, incitaban a seguir, aunque ya no veía a nadie conmigo. 

Cuando los árboles empezaron a escasear y a abundar los helechos y los musgos, el terreno dejó de ser firme. Cada vez más era una espesura de masa casi líquida. Las ruedas se hundían hasta su mitad. Sin poder empujar más caí en el barro con la bicicleta encima. Las heridas de las zarzas escocían al contacto con el barro y babosas invisibles me lamían todo entero. Un denso frío se echó sobre mí, haciendo hervir mi cabeza hasta la fiebre. En un esfuerzo sobrehumano logré incorporarme, cogí en peso la bicicleta, avancé torpemente y volví a caer hundiéndome en la ciénaga.

Ya había perdido noción de todo cuando alguien tiró de mi. Me quedé a cuatro patas en el barro. No vi a nadie. Pudo ser otro ciclista. La noche estaba clareando, así que seguí arrastrándome por el suelo. Descubrí que reptando podía ir más rápido. Poco a poco el suelo se hizo más seco. Como pude me fui levantando y traté de correr. Daba tumbos y me levantaba, hasta que en un momento no aguanté más y me derribé boca abajo contra el suelo. Un puñado de arena me inundó la boca: sabía a sal, a sudor, a sangre. Intenté mover los brazos o las piernas para arrastrarme y solo conseguí revolverme en un hondón de tierra y darme por muerto en él como si fuera mi fosa.

Sí, estaba clareando, aunque yo ya no lo viera. El olor añorado era inconfundible. Era el mar, sí, el mar, aunque yo no lo sintiera. Pero había llegado, aunque entonces no lo sabía.

La primera sensación nueva que recuerdo fue la del agua de mar que limpiaba, como las manos de mi madre, todo mi cuerpo con un oleaje sereno. Al fondo aparecía un rielar de hojitas plateadas que se estremecían sobre la enorme espalda del mar. Sabía que ya podía incorporarme y así lo hice. Al levantar la cabeza pude ver a los demás hombres. Todos miraban al mar y, al otro lado, la tierra del sol. 

Nadie me preguntaba si seguía vivo o muerto. Ya sabían que había un camino y que los hombres podrían habitarlo.

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