sábado, 18 de febrero de 2017

El Arrecife de las Gádeiras

Resultado de imagen de Cádiz desde El puerto de santa maria


Querido Lucilio:

Todos los marineros que llegaban lo hacían exhaustos, cuando arribaban hasta ese último bostezo del día que era el Arrecife de las Gádeiras. En su travesía habían tenido que enfrentarse al brutísimo Polifemo y a las pegajosas Harpías, y sobre todo a las dulces Sirenas de plumas de seda.

Para los que intentaban el viaje, el mar se abría como una bolsa de luz: al final estaban las Islas, sus Arrecifes y cuando de lejos los distinguían en el atardecer, un sentimiento especial -imaginan los cronistas- inundaba sus pechos: la nostalgia de su patria, un rescoldo raro en el corazón. Miles de barcos, con sus proas enhiestas y cornamentas soberbias intentaron lo imposible, lo que se contaba que solo Hércules pudo: atravesar las últimas columnas del mundo.

En aquel más allá las Islas eran inefables: una fortuna dorada que caía gratis del cielo a quien la buscó de por vida -porque una vida era necesaria para sobrepasar el horizonte.

Algunos escritores imaginaron en las Islas unos dorados campos a donde iban a descansar algunos hombres, los que la balanza aceptó tras sortear aquella barrera de plumas nacaradas. Otros escritores dieron nombres distintos a las Islas Gádeiras. Otros dicen que nunca existió el tal Hércules ni el Jardín, hijo de un poderoso río, donde las Hespérides recibían desnudas a los héroes.

Pero en tiempos más recientes, los últimos avances han permitido colonizar todo aquel litoral. Ya no hay secreto en ellos, ni ilusorios jardines, ni columnas, ni Hespérides. Los hombres habitaron las Gádeiras y desde sus Arrecifes atravesaron la gran bahía hasta tierra firme. También allí hicieron una ciudad y encontraron el gran río. Miles de hombres cruzaban diariamente desde el Arrecife para emprender viaje a tierras más altas y probar nueva fortuna. Para atracar sus barcos enormes, los hombres desviaron incluso el río y en la nueva desembocadura, orgullosos, construyeron un puerto y le dieron nombre de Menestheo.

El día que yo bajé del bote comprendí que ya nunca volvería. Anduve y anduve hasta que el sol empezó a ponerse. Junto a la Punta de Santa Catalina una calita acogía los últimos manotazos del mar que ya cansado se rendía y se entregaba a la oscuridad. Levanté la vista y divisé a lo lejos todo el Arrecife de las Gádeiras que cerraba la bahía. Un rescoldo de ceniza se removió en el pecho.

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