martes, 19 de septiembre de 2017

En las bibliotecas más llenas




Querido Lucilio:

ENGLAND REVISITED

En las bibliotecas más llenas
con su piqueteo de papeles,
en amplios jardines,
                                  pulmones
en los que el tiempo se adormece,

aquí,

nuestros besos de despedida,
ese estar sin estar seguros
—this way, please—
más que el uno del otro.

Nadie puede beber en la misma agua
y sin embargo
corriendo lentamente hacia atrás,
como en una moviola de los años,
—thank you, much appreciated, sir—
cogí mi paso al que fue tuyo:
la solitaria caminante
de Ashton Park,
                             la que entre pinturas
en la Walker Gallery huía de la lluvia.

En este escenario de cine,
de Notting Hill a Portobello,
de Hyde Park hasta Hampstead Heath,
fotogramas en catarata,
hicimos el mejor remake
de nuestras mejores secuencias
en solitario,
                     los primeros planos,
aquellos besos que sin darnos cuenta
son estos besos de hoy,
cotidianos saludos
en las bibliotecas más llenas.


miércoles, 2 de agosto de 2017

Bloomsbury: sueño de una mañana de verano



Querido Lucilio:

Fue una lluviosa mañana de verano, de estas en que señoras con gabardina y capucha desafían mirando al frente al tráfico, mientras pedalean a un ritmo a la vez pausado y constante. Al llegar a la altura del Almacén de Libros, la belleza del edifico me llamó para descansar un poco. Yo estaba lleno de agua, así que busqué un baño; con la sorpresa de que al abrir la puerta no sentí el desagradable olor de la moqueta mojada, sino la voz optimista de Hugo, nuestro joven profesor.

-- Entra, entra. Encontraste el ejemplar que buscabas en nuestra Biblioteca Universal?

-- Imposible, todas las biblias tienen aquí la misma signatura. Es un horror.

-- Bueno, tiene su porqué. Piensa que todas las biblias son el mismo libro. ¿Quién iba a pensar que tú querías un ejemplar único?

Hugo estaba sentado en una hamaca frente a los cristales del balcón de su despacho, rodeado de libros por el suelo:

-- Estaba tomando un poco el sol --no hizo ninguna intención de incorporarse o darme la mano.

Comprendí su buen humor.

-- Yo creo que debes buscar tu ejemplar en la Biblioteca del Imperio, o en la de la Torre de la Universidad --me aconsejó--. Ahí cada ejemplar tiene una signatura distinta.

-- Ya lo he hecho, Hugo. En las páginas de guarda no hay nada escrito. El escrito del Círculo de Bloomsbury no está allí.

-- Debes ir a Montagu House. Está en este mismo barrio. Al trasladar la bilblioteca desde el Museo Imperial muchos fondos se almacenaron temporalmente allí. Algunas cosas se perdieron. Hubo una subasta en Ave-Mary-Lane, junto a San Pablo, de la que nadie sabe nada. Algunas cosas se quedaron en Montagu --se quedó callado y pensativo--. ¿Sabes dónde podrías buscar --aventuró de golpe con un punto de diversión--. Alguien que tuviera antigüamente una biblia en su casa... o en su despacho. Aquí cerca está la antigua casa de la Editorial Father and Father. El famoso Tea Please Eliot tuvo ahí un despacho con una biblia: a lo mejor está todavía allí. Sal por la otra puerta para llegar sin mojarte.

Me llevé una decepción tremenda. Estaba él mismo allí: era un sujeto pretenciosamente atildado y con una voz de pito casi provocadora. Tanto que no pude evitar reírme abiertamente. Comenzó a increparme y persiguirme con su nariz ganchuda mientras yo corría entre las estanterías del Archivo de la Editorial:


Escapé por un portillo iluminado y me paré en seco. En la sala de abajo se celebraban unos Oficios: un coro maravilloso cantaba a varias voces. Me sentía tan a gusto que me quedé quieto mientras un sacerdote con vestiduras rojas y sobre cuello blanco, un americano alto y grueso como un monolito, se allegó al ambón y abrío su biblia por el final. Era el ejemplar anotado, al final del libro estaba lo del Círculo de Bloomsbury. Luego lo fue explicando con un pensamiento tan alto como preciso, con una pronunciación que parecía explicar los conceptos por sí misma.

Una vez entendido, quise darme prisa para anotarlo todo. Me di la vuelta y entonces me sentí caer de la cama sobre la moqueta. El ruido de los estudiantes desafiando el tráfico en las bicicletas me había despertado. Estaba en Bloomsbury y me quedaba todo un día de trabajo por delante.

miércoles, 14 de junio de 2017

Hampstead Heath

Querido Lucilio:

En los extremos de Bloomsbury había un suburbio más allá de la famosa taberna de Fitzroy. Sus casas estaban marcadas por las lluvias. Resignadamente se dejaban recorrer por canaletas de plomo que sacaran a las calles los torrentes de agua. Las fachadas eran todas de ladrillo, de un ladrillo ocre oscuro vencido por el frío y la humedad.




Cuando yo era niño, ese sonido metálico del agua me entraba por el caracol del oído y parecía que recorriese mis venas, incluso dejando un goteo oxidado en los recodos. Mi cuarto de niño estaba en el semisótano. Odiaba esas habitaciones enmoquetadas y bajo tierra, medio en penumbra siempre, porque me parecía que unos seres gruesos y pringosos crecían en sus rincones polvorientos. Y apenas usé la escalera que desde la calle permitía acceder directamente a mi cuarto, porque la baranda mohosa dejaba en mi mano ese tacto sólido del cadáver.

Mis mejores recuerdos son los del verano, los de los domingos en que mi padre nos llevaba a Londres. Cuando yo era niño amaba estas salidas y los autobuses. Llegábamos andando hasta la parada de Southampton Road, donde esparábamos inquietos el que bajaba desde Camden y yo soñaba con viajar en autobuses larguísimos que llevaran muy lejos. Otras veces subíamos a la colina de Hampstead o navegábamos hasta Hampton Court.

Dejé pronto Bloomsbury para estudiar. Es curioso, pero los libros me incitaban a viajar y los viajes a leer. Así que fui creciendo y hoy por fin he vuelto, he vuelto con Paulina a Bloomsbury: a ver mi semisótano que ya no siento ni que fuese mío. Todo lo veo distinto. Ya nada separa a Bloomsbury de Westmister o del mismo Londres.

Llevo siempre en la cartera un ligero traje de agua. Hoy que he subido a Hampstead me resonaban las gotas menudas y graciosas de la lluvia serena. Cuando llegué arriba el cielo había abierto y pude tener una visión amplia de la ciudad, en la que Bloomsbury apenas se distinguía.



lunes, 29 de mayo de 2017

La inundación





LA INUNDACIÓN


Mejor no poder verte
en las tardes como esta, en que es presagio
el aliento crujiente de la tierra,
tardes de un cielo tan cercano y tenso
en que al alzar el rostro,
no pueden respirar los hombres altos.

Un valladar de sombras la arboleda,
el pinar hondo
pandea sus dorsales,
como si un luchador fuera a venirle.
Como manadas, como arracimados
gamos ante los fríos,
las casas se arrebujan.
Por los poros del aire
se espera la caída de algún mundo
o un beso que lo anuncie.

En las tardes como esta
prefiero yo no verte mientras llegas.
Las rocas casi tiemblan
con un gemido sordo,
y sus palmas se estiran
y anhelan la caricia.

En las tardes como esta, las copas se amurallan
al sentir tus requiebros desde la sima oscura:
un caballito enracimado,
una ballena
que sobre el torso
se voltea con gusto como el hombre
que en la cama se cambia de postura;
la raya electrizante,
los miles de escuadrones vista al frente—;
ostras con su tesoro abierto,
y abiertos en canal los arrecifes
que preciosos se entregan.

En las tardes como esta,
inesperadamente anegas todo
alrededor
y entremetes tus dedos
salados por los bronquios del bosque hasta colmarlo,
hasta colmarme.

Y entonces ya no dudo
de que has llegado y tengo
pegado hasta los nervios de los dientes
el sabor tuyo.

Y ha sido así mejor,
sin que antes lo supiera:
no haberle dado opción al pensamiento
de dar la espalda.
Bien al contrario,
aceptar la crecida atado a ti,
en el mar desbordado.

jueves, 27 de abril de 2017

Del cuidado de los zapatos: Rose Lane, Oxford, OX1




Querido Lucilio:

¿Has pensado alguna vez que nuestro padre nos dé a vivir las cosas dos veces? Como coger un papel y doblarlo, pero de forma que en esta línea de hoy encontremos aquella otra que se nos escapó tan lábil o aquella que parecía ya olvidada.

Cuando duermen los sentidos en el frescor de la bodega, descubro los recuerdos como única posesión de mi hacienda. Mientras camino entre las filas de barricas, todas firmes como un fusilamiento, inclino mi mirada y veo que llevo los zapatos de hace tantos años. ¿Cómo es que tengo todavía estos zapatos? Deberían molestarme, si es que mi pie ha crecido desde la juventud. Eso sí, se nota que los he cuidado. Por las noches, cuando ya todos estaban en sus cuartos y aunque el cansancio me vencía, yo nunca dejaba de repasarlos con un cepillo y un poco de betún. El betún era como un sacramento, un bautismo de cada noche para aliviar las caminatas y preparar la mañana.



Pero no deben de ser los mismos zapatos, ahora que caigo. Una vez equivoqué el betún y desde entonces tuvieron un tono desvaído que me disgustaba mucho. Con ellos estuve entre mis amigos en el Magdalen College (que muchos pronunciaban Mohdelen haciendo fuerza en la excentricidad con que devorábamos, ignorantes, la juventud). Andábamos como héroes: Pembroke Street, Carfax, Radcliffe Camera, the Bod.

Era una de las últimas tardes cuando me despedí de ellos en el Magdalen. De vuelta a casa, daba un paso y otro por High Street. Los zapatos me desagradaban, preferiría quitármelos. De repente vi abrirse a la izquierda un camino de tierra: Rose Lane. Por la dirección que llevaba calculé que abreviaría el recorrido. Siempre me ha gustado explorar estos atajos imprevistos que ponen a prueba mi orientación y que contienen con frecuencia una sorpresa.

Comenzó el silencio y en él mi paso continuo: Merton College parecía un fellow vestido de gris, sorprendido en la somnolencia de la tarde. Si yo hubiera tenido la ropa de deporte, bien que hubiera recorrido estos meadows de Christ Church. Mis zapatos me miraron burlones: no eran ellos mis zapatillas antiguas para el  footing, que habían husmeado por algunas montañas y hasta las arenas de las playas. ¡Oh,  sí! Pero aquí en estos meadows sudaría el cuerpo sin miedo, arropado por la floresta tan rica. A fuerza de doblegar mi resistencia, el cuerpo ascendería a otras esferas, como al correr bajo la lluvia, empapado el pelo.

Al final de Rose Lane el camino se embosca hasta la ribera del Isis. Traté de orientarme y me di cuenta de que sí, de que llegaría más o menos a una cantina llamada The Head of the River, pero me sacaron de mis pensamientos unos sonidos entre los árboles. En un claro había un pequeño graderío. Los muchachos, sentados y de pie, levantaban murmullos de risa complaciente. Los que actuaban, con sus disfraces, esperaban un instante el efecto de su diálogo... y continuaban con él en medio de la delectación general de aquel conjunto de cómplices: cómplices del arte, de los nuances de su lengua, de su juventud, de la tarde.

Los zapatos me molestaban y a la vez los comprendía. Concentré de nuevo la vista en ellos: era nostalgia. Llegué hasta los hierros que encauzaban la salida del parque. Los zapatos se vengaban (quizás por el error del betún): no creas que volverás a ver a los jóvenes del Magdalen College School actuando junto al verdor oscuro del Isis.

Ahora, después que la hoja se dobló, Lucilio, miro mis zapatos, los que compré con Paulina. Voy andando entre pinares. Sigo cuidándolos igual y selecciono con esmero los betunes que utilizo. Ya he tenido que renovar las suelas y meter otros remiendos que los han hecho más míos (o quizás yo más de ellos). Los comprendo: están expectantes; quieren, como una medalla al amor, estrenar la pisada de  Rose Lane... y lo saben cerca.

domingo, 16 de abril de 2017

Mañana de Pascua: los ciclistas

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Querido Lucilio:

Enorme fue el camino por recorrer. Las bicicletas prometían un día de diversión y juego, pero yo bien me sabía en mi interior lo que nos esperaba. Comenzamos siguiendo el sendero abierto por los elefantes de antaño, enormes bonachones que convivieron con nuestros abuelos. Pero pronto nos dimos cuenta de que una vegetación de bosque bajo y olivos secos los había expulsado y había enmarañado de varas y espinos nuestro camino. 

El cielo nublado era terrible. Nos sobrevolaban unos murciélagos negrísimos y pegajosos: nos aturdía su aleteo de paraguas laxos, el girar absurdo de los colores ocres sobre la tierra seca, mientras pedaleábamos con rabia entre terrones calizos y rígidos arbustos La velocidad de nuestro paso apartaba las ramillas, pero estas nos azotaban hasta hacernos moratones alargados. Las zarzas rompían la ropa y nos arañaban, agarraban a las bicicletas y solo con violencia las destrozábamos entre los radios y los pedales. Algunos sin embargo no podían avanzar, cogían las bicicletas y tiraban de ellas hasta arrastrarlas para encontrarse pronto atrapados de nuevo. Otros las abandonaban y siguieron el avance a pie, arañándose más y más entre los espinos.

Empezó a caerme el sudor, una lluvia de azufre que bajaba desde la frente y me impedía tener los ojos abiertos. Me di cuenta de que a los otros les pasaba igual. No podíamos reconocernos.  Al poco ya nos habíamos separado. Pensé entonces en la brújula de mi pecho y con la cabeza baja para evitar el nublado y su herrumbre, para no ver lo que pudiera esperarme en adelante, empujé y empujé tratando de no desviarme de la dirección que en mi pecho había sido grabada.

La travesía fue terrible y muchos quedaron en el camino. Pero luego el calor meridiano fue calmándose y aliviando su peso. Me sentí un poco descansado. Comenzó a llover. El bosque se hizo más frondoso. La humedad, el frescor, incitaban a seguir, aunque ya no veía a nadie conmigo. 

Cuando los árboles empezaron a escasear y a abundar los helechos y los musgos, el terreno dejó de ser firme. Cada vez más era una espesura de masa casi líquida. Las ruedas se hundían hasta su mitad. Sin poder empujar más caí en el barro con la bicicleta encima. Las heridas de las zarzas escocían al contacto con el barro y babosas invisibles me lamían todo entero. Un denso frío se echó sobre mí, haciendo hervir mi cabeza hasta la fiebre. En un esfuerzo sobrehumano logré incorporarme, cogí en peso la bicicleta, avancé torpemente y volví a caer hundiéndome en la ciénaga.

Ya había perdido noción de todo cuando alguien tiró de mi. Me quedé a cuatro patas en el barro. No vi a nadie. Pudo ser otro ciclista. La noche estaba clareando, así que seguí arrastrándome por el suelo. Descubrí que reptando podía ir más rápido. Poco a poco el suelo se hizo más seco. Como pude me fui levantando y traté de correr. Daba tumbos y me levantaba, hasta que en un momento no aguanté más y me derribé boca abajo contra el suelo. Un puñado de arena me inundó la boca: sabía a sal, a sudor, a sangre. Intenté mover los brazos o las piernas para arrastrarme y solo conseguí revolverme en un hondón de tierra y darme por muerto en él como si fuera mi fosa.

Sí, estaba clareando, aunque yo ya no lo viera. El olor añorado era inconfundible. Era el mar, sí, el mar, aunque yo no lo sintiera. Pero había llegado, aunque entonces no lo sabía.

La primera sensación nueva que recuerdo fue la del agua de mar que limpiaba, como las manos de mi madre, todo mi cuerpo con un oleaje sereno. Al fondo aparecía un rielar de hojitas plateadas que se estremecían sobre la enorme espalda del mar. Sabía que ya podía incorporarme y así lo hice. Al levantar la cabeza pude ver a los demás hombres. Todos miraban al mar y, al otro lado, la tierra del sol. 

Nadie me preguntaba si seguía vivo o muerto. Ya sabían que había un camino y que los hombres podrían habitarlo.

sábado, 18 de febrero de 2017

El Arrecife de las Gádeiras

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Querido Lucilio:

Todos los marineros que llegaban lo hacían exhaustos, cuando arribaban hasta ese último bostezo del día que era el Arrecife de las Gádeiras. En su travesía habían tenido que enfrentarse al brutísimo Polifemo y a las pegajosas Harpías, y sobre todo a las dulces Sirenas de plumas de seda.

Para los que intentaban el viaje, el mar se abría como una bolsa de luz: al final estaban las Islas, sus Arrecifes y cuando de lejos los distinguían en el atardecer, un sentimiento especial -imaginan los cronistas- inundaba sus pechos: la nostalgia de su patria, un rescoldo raro en el corazón. Miles de barcos, con sus proas enhiestas y cornamentas soberbias intentaron lo imposible, lo que se contaba que solo Hércules pudo: atravesar las últimas columnas del mundo.

En aquel más allá las Islas eran inefables: una fortuna dorada que caía gratis del cielo a quien la buscó de por vida -porque una vida era necesaria para sobrepasar el horizonte.

Algunos escritores imaginaron en las Islas unos dorados campos a donde iban a descansar algunos hombres, los que la balanza aceptó tras sortear aquella barrera de plumas nacaradas. Otros escritores dieron nombres distintos a las Islas Gádeiras. Otros dicen que nunca existió el tal Hércules ni el Jardín, hijo de un poderoso río, donde las Hespérides recibían desnudas a los héroes.

Pero en tiempos más recientes, los últimos avances han permitido colonizar todo aquel litoral. Ya no hay secreto en ellos, ni ilusorios jardines, ni columnas, ni Hespérides. Los hombres habitaron las Gádeiras y desde sus Arrecifes atravesaron la gran bahía hasta tierra firme. También allí hicieron una ciudad y encontraron el gran río. Miles de hombres cruzaban diariamente desde el Arrecife para emprender viaje a tierras más altas y probar nueva fortuna. Para atracar sus barcos enormes, los hombres desviaron incluso el río y en la nueva desembocadura, orgullosos, construyeron un puerto y le dieron nombre de Menestheo.

El día que yo bajé del bote comprendí que ya nunca volvería. Anduve y anduve hasta que el sol empezó a ponerse. Junto a la Punta de Santa Catalina una calita acogía los últimos manotazos del mar que ya cansado se rendía y se entregaba a la oscuridad. Levanté la vista y divisé a lo lejos todo el Arrecife de las Gádeiras que cerraba la bahía. Un rescoldo de ceniza se removió en el pecho.
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